La inteligencia artificial y el trabajo: lo que las herramientas no pueden hacer

Cada vez se habla más de inteligencia artificial. Está en los titulares, en las reuniones, en las conversaciones cotidianas sobre hacia dónde va el trabajo. La tecnología avanza a un ritmo que cuesta seguir, y con cada nueva herramienta aparece la misma pregunta: ¿esto va a reemplazar a las personas? En el mundo de los recursos humanos, esa pregunta no es nueva, pero hoy resuena más fuerte. ¿Puede una IA tomar decisiones de selección? ¿Puede leer un perfil mejor que una persona? ¿Puede reemplazar procesos, tareas, incluso vínculos?
Hay algo cierto: muchas tareas que antes requerían tiempo y energía hoy pueden automatizarse, como cargar datos, filtrar currículums, redactar descripciones de puesto, enviar recordatorios, analizar respuestas. Todo eso puede hacerse más rápido con la ayuda de una herramienta y eso, en principio, no está mal, porque nos libera de tareas repetitivas, nos permite enfocarnos en lo que realmente necesita presencia, pensamiento, escucha. Pero ahí es donde vale la pena frenar un momento, porque en esa búsqueda de eficiencia, hay algo que no podemos dejar de mirar: no todo lo que se puede hacer con una IA necesariamente debería hacerse con una IA.
La inteligencia artificial puede ayudarte a encontrar perfiles que se ajusten a ciertas palabras clave, pero no puede saber si esa persona tiene ganas, no puede detectar si lo que escribió en el CV es solo experiencia o también aprendizaje, no puede mirar a los ojos, hacer una pausa, o notar que alguien dudó antes de responder. Puede darte datos, pero no necesariamente sentido.
En LUMINA creemos que está bien automatizar tareas que no requieren nuestro criterio, pero también hay otras que necesitan nuestro tiempo. Las decisiones importantes no se toman apuradas. Elegir a una persona para un equipo no es hacer un cruce de variables, es pensar cómo se va a llevar con otros, qué aporta más allá de lo obvio, cómo se relaciona con el trabajo y con la vida.
El avance tecnológico nos interesa, lo estudiamos, lo integramos; pero también nos preguntamos qué lugar queremos seguir ocupando como personas en los procesos, porque si una herramienta puede hacerlo todo, ¿qué dejamos de hacer nosotros? Y más importante aún: ¿qué dejamos de ver?
Cuando la urgencia gana, cuando los procesos se vuelven tan rápidos que no hay espacio para pensar, la IA aparece como una solución casi mágica, pero muchas veces lo que falta es conversación y profundidad. Las herramientas pueden ayudarnos a ordenar, a mejorar, a decidir con más información, pero no pueden generar vínculos ni construir confianza. Pueden hacer muchas cosas, pero todavía —y por suerte— no pueden hacer todo.
